domingo, 27 de enero de 2008

Cuando las cosas están furiosas es porque están a punto de caerse. Hasta que lo hacen solas, empujadas por la oscuridad de su propio inconsciente, creando un sìmbolo que aparece como a fuerza de tracción o librado al azar. Siempre hay un motivo, y el movimiento impulsa una realidad que surge como si fuera un resumen de lo que pasó antes que ella suceda. A veces, una respuesta.

Hace un rato, viajar en colectivo y pensar (siempre que se viaja en colectivo, se piensa). Bajar. ¿Hace cuanto tiempo que no pasaba por San telmo? y, azorada por el espíritu adolescente tan llenísimo de recuerdos pensar en ese pasado mientras se camina por una calle llamada Bolívar. Encontrarse con gente como esa. Calcomanìas viejas, de las que recuerdan lo más profundo de algún momento viejo. Como una clave: caminata, personas (esas, no otras), el estado del cuerpo alerta y flexible al mismo tiempo (extrañado ahora, entrañado en este lugar), por la descostumbre. La irritaciòn de estos dìas cansa, molesta al cuerpo y parece volverse un poco tragedia todo el tiempo, solo eso: molesta porque sì, o por temas puntuales que se fusionan en el mismo estado con la sonrisa de las que son, al fin, buenas noticias.
Cuando algunas miradas fastidian ya no solo es cuestiòn de resistencia, es una traspolaciòn idiota (como el esfuerzo de la mente por funcionar, o lo contrario). Sì, casi todo me molesta, pero es algo que radica en lo inmanejable, en lo intrínseco de uno. En lo que no se ve. En lo tan inconsciente.

Caminar unas cuadras más hasta una avenida casi despoblada (tener miedito), esperar el colectivo junto a una parejita joven (ella, mi mismo sobrenombre/ él, mucha cara de actor) y en la esquina- justo- ver un local muy bizarro en cuyo vidrio se lée ¨Flores exóticas¨y que me hace acordar bastante a la esquina/puerta de Belleza y felicidad.

En el aire, la evidencia de una pertenencia real tan estridente que no puede obviarse.

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